El P-huevo

Normalmente se entiende el huevo como algo diferente de la gallina, no obstante, existe un proceso continuo que abarca a ambos. Para referirnos a él le  llamaremos P-huevo (léase proceso huevo), y lo definiremos como aquel proceso de transformación que, en uno de sus momentos, es huevo -de gallina, en este caso-.

Aplicando el mismo criterio sobre la gallina, P-gallina se definiría como aquel proceso de transformación que en uno de sus momentos es gallina.

El proceso que contiene al huevo en un momento, es el mismo proceso que contiene a la gallina en otro. No son dos procesos diferentes, sino uno solo. Son lo mismo,

P-huevo = P-gallina

De la misma forma, P-bellota es igual que P-encina, y lo mismo es válido para todos los procesos naturales. Es decir, por un lado existen los elementos de nuestra percepción, como objetos individuales separados, en forma de huevos, gallinas, bellotas o encinas, y por otro, los procesos de los que forman parte dichos objetos.

Los elementos de los procesos se presentan ante nuestros sentidos como entes tangibles y  reales, no así los propios procesos, cuya naturaleza parece que exista más en el mundo de los conceptos que en el físico. Este punto de vista común es susceptible de ser analizado con un poco de profundidad, para lo que enunciaremos algunas premisas:

Todo proceso natural lleva asociada una velocidad de cambio distinta de cero. Esto es obvio, porque si la velocidad fuese cero, no habría cambio y, por tanto, no estaríamos ante un proceso, sino ante una situación estática*.

Para un observador, cada proceso puede tener diferentes velocidades en cada momento. Esta percepción es subjetiva, ya que el observador puede no conocer el detalle del proceso y, por tanto, tampoco las variables que evolucionan en él. Por ejemplo, un huevo de gallina no presenta cambios aparentes para un profano durante los 21 días que dura la incubación y, a pesar de ello, el proceso no se ha detenido en ningún instante puesto que durante ese tiempo se completa la gestación del embrión.

La individualidad subjetiva de los elementos de un proceso depende de la velocidad subjetiva del proceso. Cuanto más lenta sea la velocidad del proceso percibida por el testigo, más le parece que lo que está observando es una cosa y no un proceso, y a la inversa, cuanto más rápida sea la velocidad, más consistente se vuelve el proceso y menos el elemento. Siguiendo con el ejemplo anterior, el observador percibirá la cosa ‘huevo’ hasta que el polluelo comience a picar el cascarón, momento en el que percibirá el proceso ‘eclosión’, ya que la velocidad de cambio aparente se hace muy sensible  y, una vez finalizada esta,  pasará a percibir nuevamente otra cosa, el ‘polluelo’, porque la velocidad de cambio del proceso vuelve a disminuir. A cámara rápida, todas las cosas se ven como lo que son: procesos.

De lo expuesto se desprende que, aunque percibamos subjetivamente fases constantes de un proceso que nos parecen ‘cosas’, estas no son más que ralentizaciones aparentes de la velocidad del proceso, que nunca se detiene. Es decir, la cosa huevo en su primer día, es diferente a la cosa huevo un día más tarde, luego no tenemos un solo huevo, sino un huevo con un día de gestación, que tras 24 horas se convierte en una cosa distinta (un huevo con dos días de gestación), y así hasta llegar a la ‘cosa huevo del día 21’.  A poco que extendamos el ejercicio, nos daremos cuenta de que cada hora de esos 21 días ha producido transformaciones en el huevo, así como cada minuto, segundo, décima, centésima, milésima segundo, etc… es decir, la cosa huevo de un instante es diferente de la cosa huevo del instante siguiente, no es la misma cosa, no permanece en el tiempo, propiamente no existe. Lo único que tiene existencia objetiva es el proceso, el P-huevo.

Lo anterior nos permite formular un teorema:

Los elementos de un proceso natural no poseen individualidad objetiva, lo único real es el propio proceso.

Corolario:

En el universo solo existen los procesos.

Aplicado al ser humano se llega a la conclusión de que no hay tal cosa como ‘yo’, sino un proceso a lo largo del cual el ‘yo’ cambia constantemente. Lo único existente es P-yo. En otras palabras,

El ser humano no es un individuo, sino un proceso**.

Los principios budistas de impermanencia (Anitya) y ayoidad (Anatman), son una consecuencia necesaria de este teorema ya que la permanencia, del yo o de cualquier otra cosa, es inexistente en este universo.

Análogamente, aplicado al universo, lo existente es P-universo. Por tanto,

El universo no es una cosa, sino un proceso.

Aunque hemos definido el proceso P-huevo, a efectos de comprensión, no lo hemos delimitado. P-huevo no va solo del huevo a la gallina, porque necesita agua y alimento para crecer. El agua está en un momento contenida en el huevo, y en otro es océano. El calcio de la cáscara es también roca y estrella. Si intentamos definir dónde terminan los límites del P-huevo, nos encontraremos ante una imposibilidad porque no existe tal cosa. Los límites del P-huevo son los del propio universo, es decir

P-huevo=P-universo

de donde se deduce otro teorema:

El único proceso que existe en el universo es el propio universo.

o, dicho de otra forma, el universo es el ser y la esencia de todo lo que existe, por tanto, el Uno, el Tao, el Nirvana, como esencia subyacente, no son otra cosa que el mismo proceso universal. De manera que

Uno = Tao = Nirvana = P-universo

pero también:

Uno = Tao = Nirvana = P-universo = P-huevo = P-yo

Por eso siempre has estado en el Nirvana, porque no hay nada fuera del Nirvana. ¿Dónde vas a estar sino?

Por eso siempre has sido Buda, ya que no hay otra cosa que Buda ¿qué ibas a ser sino?

Si todavía no lo terminas de ver, no te preocupes, pocas bellotas se dan cuenta de que son una encina.

(*) Las situaciones estáticas no existen. Una roca está en movimiento constante, pero a  velocidad de procesos geológicos, que nosotros no percibimos en nuestra escala.

(** ) Un proceso de cuatro dimensiones, como veíamos en la página anterior -Dimensiones y futuro-.

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